El poder de tu figura
Si tu rostro está encendido,
color fuego en tu sonrisa,
y si sientes que la prisa
te ha insegura convertido,
suelta el aire, afianza el paso
y del miedo no hagas caso.
Si tu ser desprotegido
se halla al fin de una cornisa
y en el fondo se divisa
un futuro confundido,
medio lleno mira el vaso
que tu luz vence al ocaso.
Si tu mundo se revela
solitario o sin apoyo
como si el más firme escoyo
quisiese apagar tu vela,
en agua tu alma convierte
que no habrá nada más fuerte.
Si has perdido al centinela
que libraba todo embrollo
y cayendo tras un hoyo
sientes tu inestable estela,
ignora a quien detenerte
intenta trabar tu suerte.
Haya incertidumbre o miedo
o incluso vías de fuego,
nada habrá que a tu dulzura
pueda hacerle figura.
Eso eres tú
en torno a una estrella.
Suspiros que avivan
la luz de una vela.
Eso eres tú:
¡el fuego, la llama y mi reina!
Árboles que beben
caudal de la tierra.
Pétalos que mecen
el más dulce néctar.
Eso eres tú:
¡el agua, la miel y mi esencia!
Olas encrespadas
por el suave céfiro.
Pájaros que cantan
en el firmamento.
Eso eres tú:
¡el canto, la brisa y mi cielo!
Ojos que se cierran
en único beso.
Latidos que yerran
bajo un mismo pecho.
Eso eres tú:
¡el tacto, la fuerza y mi cuerpo!
Los versos compuestos,
sutil melodía
de amores eternos
de todos los días.
Eso eres tú:
¡el tiempo, el arte y mi vida!
Una pareja de enamorados
Tenía el rostro empapado por el sudor y los músculos doloridos por el monumental esfuerzo. Profirió un gemido de dolor, como si le estuvieran propinado una paliza, y luego se dejó caer sobre la cama, aliviando la agonía que aún recorría las arterias de su entrepierna. El decreciente calor se volvió un frío acecho de oscuridad, que sólo pudo remediarse bajo los brillantes ojos de su chica y con el satinado contacto de su desnuda piel. La miró entre los resquicios de la penumbra y se embriagó de su belleza universal, tan universal como el arte de un desequilibrado poeta. Envolviéndose en la calidez del amor, la abrazó torpemente, sin la fuerza y el vigor que había demostrado un instante atrás mientras la llenaba con su simiente. Ella favoreció las caricias, acurrucándose bajo el pecho viril en busca del tacto de la protección, la seguridad y el sosiego. Se miraron mutuamente, dedicándose la devoción del más beato de los fieles, y se besaron irradiando los sentimientos más profundos y más bonitos del mundo. Porque no hay emoción más intensa y sublime que el amor. Porque el mejor de los versos y el más cálido de los acordes están inspirados en él: en el amor de una pareja de enamorados.
Sobre la esperanza
Las sombras aparecen en las esquinas y me dibujan el perfil de tus senos. No es más que un recuerdo sutil y vano, pero casi puedo sentirlos bajo mis dedos. Los acaricio… y luego los beso. Jadeante, me ahogo en tu vientre y en la curvatura de tu cadera…
La sombra se desvanece como una primavera adolescente, y la soledad y la frustración de la realidad me acometen con su tenaz filo. Más allá, no hay más que dolor, nostalgia e impotencia. Más allá de mis remembranzas y mis ocasionales sueños, sólo puedo llorar con el corazón encogido y atravesado de puñaladas. Solamente puedo ser feliz engañándome con la alegre memoria del pasado. Y la esperanza, maldita ella, tiñe todo de su hipnótico color verde.
Un cuento de dragones y lagartijas – Érase una vez
Un día que Eigon estaba llorando en el fondo de su gruta, una pequeña lagartija se topó con él. La lagartija se detuvo para ver de cerca al dragón, intentando adivinar porqué lloraba. Las lágrimas que caían de sus enormes ojos dorados eran tan grandes como ella misma. Tuvo que andar con mucho cuidado para llegar hasta él.
—Hola, dragón. ¿Por qué alguien tan poderoso y grande como tú está llorando? Tú no puedes tenerle miedo a nada.
Eigon no contestó. Escondió la cabeza entre las garras. No quería que nadie le viera llorar. Ni siquiera aquel diminuto reptil. La pequeña lagartija insistió:
—¿Cómo te llamas? Mi nombre es Tija. ¿Y el tuyo?
—Eigon —respondió el dragón, sin ganas de hablar.
—¿Eigon? ¡Me gusta! Cuéntame que te pasa. Tal vez te pueda ayudar.
Al principio, Eigon no contestó. Se sonrojaba incluso ante aquel pequeño animal de larga cola, del tamaño de uno de sus dientes. Pero poco a poco, hizo frente a sus miedos. Y aún con lágrimas secas en sus resplandecientes pupilas, dijo:
—Estoy triste porque no soy capaz de echar fuego por la boca.
Tija lo miró sorprendida, no sabía muy bien qué intentaba decir.
—¿Y eso es malo?
—Soy el único de mi especie que no puede hacerlo. El único dragón. Soy una ofensa para mi raza.
Tija se quedó un instante pensativa. Luego, añadió:
—Ahora entiendo porqué lloras tanto. Pero no te preocupes, creo que puedo ayudarte.
—¿De verdad? —exclamó Eigon, emocionado.
Ella lo miró, con una sonrisa:
—Sí, estoy segura.
Los dragones eran los seres más maravillosos del mundo. Eran hermosos y también fieros, pero siempre benévolos. De corazones orgullosos, pocas veces perdonaban a un malhechor o aceptaban en su clan a alguien que no fuera de su condición.
Y eso Eigon lo sabía muy bien.
Cuando conoció a la simpática Tija, nunca pensó que un animalito minúsculo y de voz estridente pudiese ayudarle a recuperar su honor. Seguía pensando lo mismo, pero no tenía nada que perder.
—¿A dónde vamos?
—A las casas de unos viejos amigos míos.
—¿Y esas casas están en unas montañas?
Eigon levantó la mirada. En lo alto de los montes, las cimas estaban completamente nevadas. Por suerte para él, no tendrían que subir hasta arriba.
—Es aquí —indicó Tija.
—¡Impresionante! —exclamó Eigon.
Frente a ellos se alzaba la enorme entrada a una cueva. Las piedras habían sido esculpidas con una habilidad incomparable. Las más altas se elevaban por encima de la cabeza del dragón. Era gigantesco. Si allí dentro vivía alguien, debía de ser dos veces más grande que él.
—¿Quién vive aquí dentro? —preguntó Eigon, receloso.
—Tranquilo, no tengas miedo.
Y la lagartija se escabulló al interior de la caverna, rápidamente.
Eigon se lo pensó dos veces antes de entrar, pero luego no le quedó más remedio que hacerlo. En el interior, un túnel infinito iluminado por antorchas se abría paso hasta el corazón de la cordillera. Al final, llegaron a una enorme estancia que sujetaba mediante columnas de mármol el peso de las montañas. En la oscuridad, surgieron varias sombras, pequeñas y robustas, con el rostro oculto por una tupida barba de varios años. Eran enanos, los habitantes más misteriosos de Gea.
Tija los saludó con alegría, volviéndose a reencontrar con viejos conocidos. Los anfitriones le dieron la bienvenida unánimemente. Pero ante el dragón se mostraron un tanto desconfiados. Cuando Tija les contó el grave problema de Eigon, los enanos estuvieron más que dispuestos a ayudarle.
Durante siglos, las cavernas y las montañas más frías habían sido hogar de los hábiles enanos. Con sus magníficas dotes como arquitectos, escultores y mineros hacían de sus cavernosas moradas verdaderos palacios. Además, los enanos también eran excelentes herreros y sabios conocedores de la alquimia. Si alguien podía ayudar a Eigon a recuperar la fe en sí mismo, eran los enanos.
Los primeros días de convivencia fueron duros para el dragón. Necesitaba salir al exterior y volar por los cielos, pero allí dentro era imposible. Ni siquiera podía extender las alas y planear unos metros sobre el suelo.
Por suerte, tenía a la agradable Tija como compañera. Con ella entabló una profunda amistad.
Pasaron los días y los enanos enseñaron a Eigon los secretos del fuego. Al principio, y para desesperación del dragón, las lecciones iniciales eran pura teoría química, donde pautas sobre elementos naturales se confundían con la base científica. El dragón se aburría sobremanera, con tanta lección intelectual. Sin embargo, los sabios enanos le exigieron paciencia y serenidad. “Espera, y sabrás”, solían decir, constantemente.
Y así fue como, dos semanas después, Eigon comenzó a expulsar de su boca los primeros vapores; y luego de un mes ya podía exhalar largas llamaradas y bocanadas de humo. Los enanos y Tija se entusiasmaron y Eigon por primera vez en mucho tiempo, sintió que todo iba bien su vida.
Días después los enanos mostraron su cara más triste cuando tuvieron que despedir a la pequeña Tija y al gran dragón. Después de tanto tiempo de convivencia, tenían que regresar al mundo exterior. Pero gracias a la espesa barba que cubría los rostros de los enanos, ni Tija ni Eigon percibieron la pena que sentían sus anfitriones.
Ya en el exterior y bajo un horizonte donde el sol irradiaba toda su fuerza, Tija y Eigon tomaron rumbo hacia las Tierras de los Dragones, el hogar natal de Eigon. Tija decidió acompañarle, al menos un trecho del trayecto.
Esa noche, acamparon en un claro cercano a un río y Eigon pudo encender una hoguera con el fuego de su boca. Antes de dormirse, el dragón, entusiasmado por sus logros, estuvo contando historias de sus parientes y de lo maravillosa que era la tierra en la que vivían ellos y los famosos dragones blancos. Eigon no se dio cuenta, pero cuando terminó de narrar las leyendas draconianas y se acostó, Tija estaba muy triste.
Al día siguiente, el dragón se despertó tarde. Había tenido un sueño muy bonito donde el rey de los dragones le nombraba guardián de las Tierras de Fuego. Se dio la vuelta para contárselo inmediatamente a Tija.
Entonces se asustó.
La pequeña lagartija no aparecía por ningún sitio. Eigon se alzó sobre sus garras y echó a volar por encima del bosque. Escudriñó con ojos de lince cada arbusto y matorral en busca de su amiga, y finalmente, la encontró agazapada bajo una roca, junto al río.
El dragón descendió hasta allí.
Tija estaba llorando.
—¿Qué te ocurre? ¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras?
Tija se sorprendió de ver al dragón, y al instante, ofendida, corrió a esconderse en el fondo de su escondrijo, donde Eigon no pudo verla.
—¡Vete! —sollozó ella—. No quiero que me veas llorar.
—¡Vamos, Tija! Sal de ahí. Tú me viste llorando y me ayudaste. Ahora me toca a mí ayudarte a ti.
—¡No!
Eigon sabía que sería incapaz de convencer a Tija con palabras, así que hizo uso de su descomunal fuerza y levantó la roca. La lagartija quedó a la vista del dragón.
Seguía llorando desconsolada.
—Dime, Tija. ¿Qué te ocurre?
—Mírame, Eigon. ¿Cómo soy?
—Pues… —dudó el dragón, desconcertado—. Eres muy bonita.
—¿Bonita? ¡Mírame bien! Soy minúscula, diminuta, pequeña. Quiero ser como tú. Grande, enorme, ¡y poder volar por el horizonte! Pero sólo soy una lagartija. Una pequeña lagartija. Quiero ser una dragona.
Y volvió a llorar, desilusionada.
—Escucha Tija, quizá podamos cumplir tus deseos. En la Tierra de los Dragones vive un poderoso mago que tiene fama de cumplir los deseos de las personas bondadosas. Quizá pueda convertirte en una dragona si lo anhelas de verdad.
—¡En serio! ¿No estás bromeando? —preguntó Tija, esbozando una sonrisa.
—No, jamás te haría una broma. Vamos. Cuanto antes lleguemos a la Tierra de los Dragones, antes conocerás al famoso mago.
—¡Iuju!
Y de esta forma Eigon y Tija tomaron rumbo hacia una nueva aventura, buscando cumplir el sueño de la simpática protagonista.
Tu figura
Continuamente veía tu figura paseándose de un lado a otro de la oficina. Tu presencia me causaba temor y sobresalto, la insinuación de tu perfil me turbaba. De vez en cuando, escuchaba tu tierna sonrisa derramarse en la atmósfera del recinto, donde ni un sinfín de timbres telefónicos o gritos a subordinados podían sofocar el sonido de tu melodía. En esos momentos, yo cerraba los ojos, me enclaustraba dentro de tu voz y me dejaba llevar al filo de la utopía, al acecho de tu sonrisa. Luego abría los ojos, intentando encontrarte al otro lado de mi mesa o en el recodo del pasillo. Aquel pantalón tan ceñido de color crema, aquella camiseta negra que caía holgadamente sobre tus pechos y aquel cabello recién lavado que olía a champú impidieron que durante toda la jornada pudiese teclear algo productivo en el ordenador.
Sin embargo, fue más fecundo que todo un año: escribí diez sonetos, lloré un millar de lágrimas y me percaté de que seguía locamente enamorado de ti.
Gramática ministerial del siglo XXI
Se ha formado un pequeño revuelo en torno a una carta remitida por el Ministerio de Cultura. En la misiva, se ensalza la literatura, recordando que hoy se celebra el Día Internacional del Libro. La polémica ha sido suscitada por las incontables faltas ortográficas y gramaticales que abundan en la carta. Algo inaceptable tratándose de José Ignacio Wert, Ministro de Educación, Cultura y Deporte.
Lo cierto es que después de revisar la correspondencia, cuya lectura se vuelve especialmente trabada del segundo al cuarto párrafo, no comprendo como se han podido pasar por alto estas sobresalientes incongruencias. Teniendo en cuenta la eficacia de los correctores ortográficos de las suites ofimáticas y de que todo hispanohablante sabe que se escribe en mayúscula toda letra que sigue a un punto, no me entra en la cabeza que algo así haya podido suceder. Por tanto, no me queda más alternativa que suponer, deducir y conspirar:
Doy por hecho que la carta no ha sido escrita por el ministro y que posiblemente ni siquiera la haya leído en profundidad; de lo contrario, no tendría sentido que hubiese permitido su publicación. También afirmo que ningún escrito puede relatarse sin cometer ningún error gramatical de primera mano -la perfección, si existe, pertenece a Dios-. Así que sólo se me ocurren dos cosas. Uno: la carta ha sido escrita apresuradamente sin ayuda de correctores ortográficos o revisiones exhaustivas. Dos: se han omitido las rectificaciones voluntariamente para incentivar el morbo, la polémica y desviar la atención ciudadana de cuestiones importantes.
En cualquier caso, no acepto de ningún modo las críticas tan acerbas que se han venido realizando alrededor de esta noticia. Al menos, no de un modo tan desmesurado y destructivamente ofensivo. Sobre todo por parte de los internautas ¿Por qué? Porque los propios usuarios son los primeros en desacreditar su expresión escrita, tal y como nos demuestran los mensajes del Twitter, del Facebook y de cualquier SMS. La escritura del siglo XXI es lamentable. Ni más ni menos.
Muchos me argumentarán que primero debe aprender el Ministro de Cultura a escribir bien; luego, ya lo harán ellos. Yo digo que ojalá los jóvenes de este país escribiesen la mitad de bien de lo bien que está escrita la famosa carta.
Quien quiera defender su analfabetismo enorgulleciéndose de los errores de la declaración de Wert, que lo haga. Quizás eso sea precisamente lo que quiere el gobierno.
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